martes, 28 de julio de 2009

El mito de Eva

Yo lo veo claro en ella. Explotó, y le duró un año. Hay que sostener la energía del momento de una explosión durante todo un año. Pero a fin de cuentas, terminó como todo lo que explota, implotando para peor, desapareciendo por completo de la faz de esta Tierra. Al menos de la mía, porque solo la oigo nombrar pero ya no la veo. Ojos que no ven… Ah no, ese dicho ilustra otra idea.
La cuestión es que ya no es más que un nombre. Un nombre que menta su propio mito, el mito de una mujer decidida, fuerte y curtida por (pocos) años de intensa experiencia existencial. Un mito tan endeble de maciza seguridad y osada pasión que resulta hoy no existir más que entre palabras mías, palabras ajenas.
Había decidido, les cuento, tomar las riendas de su vida, y así, vivir de lleno cada elección fulgurantemente calculada. Se tornaba, ante la mirada del común denominador de los mortales -atravesados por sus vivencias-, una imagen quimérica.

No es más que un nombre. Un nombre bíblico, que hasta ya no refiere tanto a ella, sino a ese mito. Su otro mito, el mito de Eva, la de Adán (un clásico). Hecha de barro o quizá de algún hueso roto, es la Eva de todos, la madre primera.
En pagos mas cercanos, temporal y espacialmente hablando (aunque, espacialmente hablando, no sé si en verdad el Jardín al que no debieras volver jamás está más lejos que la casa rosada), el mito de Eva, la de Perón. O la de los compañeros trabajadores. O la de Argentina. Ya ni sé. Pero uds. saben ¿no? de quién hablo. Y eso es lo único que importa al momento de referir.

Mientras duró la euforia, yo aprendí a creer.
Por definición escéptica, y por experiencia también, hasta ella, siempre vi lo muy a pleno muy rápido muy mucho todo muy perfecto y muy de golpe como arrebatos de locura que mueren en el llanto de un primer pequeño e insignificante error.
En la teoría, es cierto, se ven muchas cosas así, claras. En la práctica se hacen muchas cosas asá. Yo siempre vi, pero hasta actuar en consecuencia, pasó tiempo –y sigue pasando-. Pero ella me rompió el molde: se podía explotar, sostener, y seguir desarrollándose. ¡Era posible!
A ver, les explico, para mí, la explosión excluye el desarrollo posterior: o es todo de golpe, o no es y punto, pero no puede ir siendo, a menos que no sea una explosión.
Ella era todo lo que se contradecía. Y con ella, nació mi esperanza. Se puede todo.

Pero terminó muriendo y desvaneciéndose como cualquier otra ceniza de efímero ímpetu. Entonces, en ella lo veo claro. Y vuelvo a mi escepticismo. No se puede todo en todo momento. O más bien, manotazo de ahogado termina en muerte segura (aunque su etérea apariencia, dure lo que dure, sea la de una rigurosa brazada de pecho).

En mi lo veo muy de a poco, si bien cada vez más, y en más ámbitos, y el escepticismo es el impulso para cambiar. Creer, la fe, la ilusión de que las esperanzas son lo último que debe morir, todo mito, el mito de Eva. Y me enseñaron en la escuela que en el sXX-XXI ya no estaba de moda creer en mitos.

sábado, 25 de julio de 2009

pero

Pero, pero, pero, pero. Otra vez el diablillo del "pero". Me golpearía con una sartén. Toda mi vida he adoptado esa actitud vacilante del "pero". Ahora, volví a hacerlo cuando, en el fondo, sé que estoy de acuerdo con el que refuto. Es un impulso. Pero si me conozco, ¿por qué sigo? ¿Por qué eso, en vez de escuchar, respirar... Y recién después (y solo si es realmente indispensable) hablar?

-metayo-
Basado en ese libro shhh, p.110

lunes, 20 de julio de 2009

Still


I must give the impression.
That I have the answers for everything.
You were so disappointed.
To see me unravel so easily.
It's only change.
It's only everything I know.
It's only change.
And I'm only changing.
Lada lada ladadadada
lada ladadadadada.


You want something that's constant,
And I only want it to be me.
But. Watch.
Even the stars above,
Things that seem still
Are still changing.
Lada lada ladadadada
lada ladadadadada.

Ben Folds,
Over the Hedge OST




Allá afuera, es todo futuro.


[inevitablemente, aquí la vida es divina.]
Contracciones y aflojamientos,

developés y battement,

en dehors y en dedans

al dulce ritmo de Still.

Compenetración con la melodía.

la vida es esto, puro presente.


No importa nada.

No existe nada.

Solo este movimiento en el sonido

o la música en el cuerpo.

Nunca es bueno, malo, correcto, incorrecto, lindo, feo.

Es.


[quiero vivir en la música.]

sábado, 11 de julio de 2009

Amores que pasan

Hoy me crucé con el amor de mi vida pero se me escapó.

Es claro que estos sucesos no se dan a menudo, por ello, cuando de hecho suceden, hacen pensar...

Qué pasó? Yo iba muy contenta, por ahí, por la Av. Triunvirato, casi llegando a Monroe, porque el día estaba hermoso y yo tenía un festejo.

Bien como a mi me gusta, estaba despejado y hacía frío. Yo andaba muy abrigadita con mi gorrito, mis guantecitos cordobeses de $5 y mi camperota barilochense -que es como un acolchado de polar con cierre-, y el solcito de invierno calentaba mi nariz. Eran las dos de la tarde, un horario ideal para caminar en estos días tan cortos. Así, yo andaba a pie por Triunvirato.

En eso, veo que se viene un 107. No se por qué me llamó tanto la atención; si bien estos no abundan por mis pagos, en Urquiza son moneda corriente. Cuestión que ese 107 tenía un aura... Y me lo quedé mirando, pudiendo observar con precisión a cada pasajero sentado en la parte derecha del colectivo. A decir verdad, había muy pocos pasajeros. No es por la porkigrip, porque ayer viajé en el 92 y estaba más lleno que el subte D a las 8 de la mañana. Capaz a esa hora poca gente quería desplazarse encerrada por la ciudad un sábado... Bah, digo porque la avenida estaba bastante muchedumbrosa.

En fin, no importa el por qué. Eso es especulación y yo estoy hablando de la realidad concreta. El hecho es que ahí estaba, en la séptima fila de asientos, contando desde la máquina tragamonedas. Ahí, mirando por la ventana cerrada, él, el amor de mi vida.

Cómo lo supe? Y qué se yo. El amor es ciego. El corazón tiene razones que la razón no entiende. Estas cosas son dadas a la intuición. Tenemos un sexto sentido. Whatever. Era ÉL. Estoy segura.

Pero el colectivo no paró, ni él tenía intenciones de bajarse. Apachurrado en su abrigo, estaba hundido en el asiento, casi inerte. No me vió. El colectivo siguió pasando y pasando y pasando hasta que pasó del todo, y con él, el amor de mi vida.

Estos sucesos hacen pensar, y yo pensé.

Pensé en correr y alcanzarlo. Avisarle. "Hey, hola, que tal, soy Natascha y vos sos el amor de mi vida. Vamos a tomar un café?" Pero en términos no Hollywoodenses, eso hubiera sido una aberración al sentido común.

Pensé que tal vez es el amor de mi vida pero no está escrito que nos crucemos hoy, ahora. Ese pseudo-encuentro no era más que una muestra de aquella contingencia que se escurre entre las redes del destino como tal, una clara manifestación del azar y de la libertad, por muy acotada que sea. No sé cómo pero posé los ojos sobre quien no debiera, al menos todavía.

Pensé: "fuck, acaso estoy YO hablando de providencia?!"

Y luego, retomé el hilo anterior de mi pensamiento... Y si fuera el caso, entonces no se me escapó. Si es el amor de mi vida, nos estaremos viendo pronto (me alegré por dentro)...

A menos que me haya confundido con el amor de alguna otra vida mía... Y en tal caso, la espera era indeterminada, ah, la espera, me dije, y ya no estaba tan alegre. Y si era el amor de una vida pasada? Ninguna espera, quizá rememoración y nostalgia. Y entonces, qué?

Pensé: "si no me vió, tal vez él sea el amor de mi vida, pero yo no sea el suyo". Eso sí que es un problema, no? Capaz haya triángulos… no, hexágonos… NO, QUILIÓGONOS!!! amorosos. Conexiones y entramados sentimentales angustiantemente unidireccionales que configuran uno de los ejes de la respuesta a la pregunta por el sentido de esta vida y…

Y llegué a mi destino, ahí, sobre Nahuel Huapi a tres cuadras de la avenida Triunvirato, toqué timbre, me recibió la homenajeada a quien abracé con fuerza, entré, vi más amigos y comida y me olvidé de todo.

viernes, 3 de julio de 2009

Diario de abordo

Un cuaderno. Un anotador. Un diario. En principio, para anotar eventos importantes –casamiento de Mariana; viaje al sur de Mendoza; estreno de dpto nuevo-. Luego, se fue filtrando la cotidianidad –16 hs médico; pelis que quiero ver: despertares, mientras nieva sobre los cedros, corre Lola corre; hoy, cumple de Javier; comprar medias opacas-, cada vez más cotidianidad –depi!; salida con Lucho (¿qué me pongo?); al fin feriado!!; hoy fuimos a tomar un helado con los chicos, la pasé lindo; ¿rindo o no rindo?-, cada vez más signos (de exclamación, de interrogación, de suspensión). Dudas, deseos e intenciones. Reflexiones. Cada vez más palabras subrayadas, tachadas, cada vez más colores, cada vez más intimidad. Ahora, su diario de viaje. ¿Viaje a dónde? No demasiado lejos, solo a unas horas, quizás días o aún meses de distancia. Al ella de después. No es un viaje demasiado intrépido tampoco, no. Tan solo una pizca de vida. Ahora, descripciones de alguna escena en el transcurso de su día, bosquejos también, y mamarrachos de esos que se hacen hablando por teléfono, alguna que otra entrada de cine abrochada, pétalos de rosas secas que siempre caen cuando está apurada… Frases sublimes que oye en el colectivo, fragmentos de textos publicados en blogs desconocidos
“…a primera vista el amor no me parece un compañero muy simpático, es más bien de los callados, pero es un callado popular, porque parece ser que todo el mundo lo conoce: “La pasás bárbaro con ese. El mejor momento de tu vida." Minga. Minga porque “no me habla en el msn”, porque “no sé qué somos”, porque “no me quiere cómo yo a él”…

Sin duda, su diario. De chica había llenado muchos diarios. Diarios sercretos con precarios candaditos de plástico. Las portadas iban cambiando. Al inicio, fue el rey león, y después, bastante tiempo después, fueron los garfields. De más grande, no había dibujos sino diversidad de texturas en matiz pastel. La tapa decía poco, el interior albergaba la historia de una modalidad de pensamiento que se construía sobre miradas ajenas. Una pequeña parte escapaba siempre al otro, y una parte aún más pequeña se le escapa incluso a ella.
La costumbre de escribir se la había llevado algún viento de la adolescencia. Un día, para recordar la fecha del casamiento de su hermana, había manoteado el anotador amarillo dispuesto junto al teléfono que nunca había usado. En ese anotador figuraron a lo largo del año una serie de eventos, por lo cual, al año siguiente, optó por comprar una agenda. Un cuadernito Norte, con una llama fucsia sobre un fondo celeste, lo más barato. Ahora, una pequeña agenda de tapa rígida naranja oscuro, nada pintoresca, con sus tres días por página y su sección de “notas” y de “teléfonos” era su pequeño jardín secreto. No tan secreto, no había nada que ocultar. Pero tampoco nada que mostrar. Ya no más diarios íntimos, que hoy juntan polvo en un cajón. Hoy, cumpleaños, horas y citas, especificando la dirección y el teléfono. Frases cortas. Escuetos comentarios que fijan emociones abrumadoras (incluso hasta por semanas) u observaciones que no adquieren demasiada trascendencia hasta ese después de muchas páginas, a veces, de muchos meses.
Es que todo eso se vería más adelante. En dos o tres años, un domingo después de almorzar, sentada junto al ventanal frío, abriría esa agenda, cómplice del tiempo y evidencia de que el hollín siempre sabe esconderse del plumero, para leer lo que alguna vez había sido su presente. Cristalizaciones excedidas de sentido. Ciertas palabras retumbarían en su cabeza, actualizando sensaciones que de otro modo nunca hubiesen sido en nadie. Otras pasarían de largo, a pesar de su importancia hoy, dos o tres años antes. El recuerdo de que fue, el registro de que estuvo. Se reconocería en el trazo de las a y de las l, pero sus r, s, p y q ya no serían las mismas. Tantas cosas ya no serían las mismas. Y sin embargo, los vestigios de aquel tiempo, no solo fantasías de una memoria o colores en una foto. Esos residuos ahí, en la redondez de las a y en lo afilado de las l, ahí, en ella.
Hojas de otoño. Eso lo había escrito hacía ya casi seis años en un cuaderno floreado. No llevaba diario entonces, solo la necesidad de escribir y siempre papel y lápiz. Cual hojas, cada página mostraba un mundo de ramificaciones de su pensar, todas cayendo del mismo árbol, pero todas todavía un poco verdes. Había sido un quiebre terminar esa historia. Había sido representativo de lo que podía hacer aquella humanidad librada a sí misma. Las palabras tenían peso y los límites no se negociaban más. Le faltaban dimensión y contexto a sus acciones, perspectiva, y ese fin fue lo primero que le partió la cabeza. Hojas de otoño empezaron caer; alguna melodía, poesía o letras de canciones, búsqueda de algún alivio pero preguntas, muchas.
Minga que Fulanito (o el más popular de los callados) fue lo mejor que te pasó en la vida, sino, ¿cómo se explica esa herida que se te abre al vacío? La tranquilidad del pequeño mundo se esfumaba porque se presentaban de pronto las partes que habían sido hasta entonces meramente mentadas. Y una mentaba a muchas más, y esas, a su vez, a más, y a más, y así, y la ansiedad de no tener certeza de nada y la angustia de duelar una vida tan chiquitamente simple. Vacío, o inmensidad de otras muchas mejores cosas que te pasan en la vida. Después del otoño, había escrito, el invierno –VACÍO- pero nunca más un invierno tan frío, pensaba ahora y recordaría haberse dicho después. Las hojas de otoño tenían que amarillentarse en algún momento y terminar siendo el polvo que se acumula en los pliegues de su agenda. INMENSIDAD. Ahora, inconmensurable inmensidad que aguarda a que se ajuste al tiempo. Porque el tiempo no espera. Y una pequeña agenda de tapa rígida naranja oscuro, nada pintoresca, con sus tres días por página y su sección de “notas” y de “teléfonos” no lo captura ni lo detiene. Solo lo evidencia.

Adrienne
03-07-09