viernes, 10 de mayo de 2013

Adela

Adela tiene los zapatos mojados de tanto jugar en la lluvia. Adela ama la lluvia, ama los charcos de lodo que se forman en su jardín y ama más que nada en el mundo chapotear en ellos. Pero Adela no puede jugar en la lluvia. Cuando llega mamá, Adela se precipita en sus brazos, sollozando: “¡Virginia arrojó mis zapatos al agua!”, miente. Mamá no le cree, le enoja que la desobedezcan. “¿Virginia arrojó tus zapatos con tus medias adentro?”, le pregunta con frialdad. ¡Las medias! ¡Claro, no deberían estar mojadas! No le da tiempo de responder: “¿Por qué te los pusiste de nuevo?”, pregunta muy despacio, casi susurrando. Adela entiende que no la engañó y siente cómo el miedo oprime su pecho. No mamá, no te enojes, no mamita linda, piensa con todas sus fuerzas. Pero en este mundo los deseos no se cumplen. Mamá le pega un cachetazo mientras le recuerda lo tonta que es a los gritos. Adela odia la lluvia. Ya ni recuerda qué la impulsó a salir a jugar bajo el agua.