viernes, 31 de diciembre de 2010

periferia

Del centro para adentro
este "yo" que refiere a un mi
-que se cree dueño y señor-
pierde por completo la perspectiva
y así
desde tan cerca
tan lejos
casi como mirar desde arriba
o perderse en un abajo
(en este mirar sin estar
nadie estableció referencias)

¿Y entonces?
Sólo queda evidenciado el hecho:
la incapacidad del juntarse de costado,
o del horizontalismo
o de la paridad
(por utilizar palabras elegantes
que parecen importantes
y tienden a pesar más)

Pero como bien dice el dicho
"al hecho, pecho"
una vez contempladas las figuras
(y ya que mencionamos la cuestión del peso)
opto por tomar las riendas
y terminar sugiriendo
que equilibremos las balanzas
·
·
como si decirlo fuera hacerlo.

martes, 28 de diciembre de 2010

Inteligencia Corporal

"Verdaderamente son pocos los que saben de la existencia de un pequeño cerebro en cada uno de los dedos de la mano, en algún lugar entre falange, falangina y falangeta. Ese otro órgano al que llamamos cerebro, ese con el que venimos al mundo, ese que transportamos dentro del cráneo y que nos transporta a nosotros para que lo transportemos a él, nunca ha conseguido producir algo que no sean intenciones vagas, generales, difusas y, sobre todo, poco variadas, acerca de lo que las manos y los dedos deberán hacer. Por ejemplo, si al cerebro de la cabeza se le ocurre la idea de una pintura o música, o escultura, o literatura, o muñeco de barro, lo que hace él es manifestar el deseo y después se queda a la espera, a ver lo que sucede. Sólo porque despacha una orden a las manos y a los dedos, cree, o finge creer, que eso era todo cuanto se necesitaba para que el trabajo, tras unas cuantas operaciones ejecutadas con las extremidades de los brazos, apareciese hecho. Nunca ha tenido la curiosidad de preguntarse por qué razón el resultado final de esa manipulación, siempre compleja hasta en sus más simples expresiones, se asemeja tan poco a lo que había imaginado antes de dar instrucciones a las manos. Nótese que, cuando nacemos, los dedos todavía no tienen cerebros, se van formando poco a poco con el paso del tiempo y el auxilio de lo que los ojos ven. El auxilio de los ojos es importante, tanto como el auxilio de lo que es visto por ellos. Por eso lo que los dedos siempre han hecho mejor es precisamente revelar lo oculto. Lo que en el cerebro pueda ser percibido como conocimiento infuso, mágico o sobrenatural, signifique lo que signifique sobrenatural, mágico e infuso, son los dedos y sus pequeños cerebros quienes lo enseñan. Para que el cerebro de la cabeza supiese lo que era la piedra, fue necesario que los dedos la tocaran, sintiesen su aspereza, el peso y la densidad, fue necesario que se hiriesen en ella. Sólo mucho tiempo después el cerebro comprendió que de aquel pedazo de roca se podría hacer una cosa a la que llamaría puñal y una cosa a la que llamaría ídolo. El cerebro de la cabeza anduvo toda la vida retrasado con relación a las manos, e incluso en estos tiempos, cuando parece que se ha adelantado, todavía son los dedos quienes tienen que explicar las investigaciones del tacto, el estremecimiento de la epidermis al tocar el barro, la dilaceración aguda del cincel, la mordedura del ácido en la chapa, la vibración sutil de una hoja de papel extendida, la orografía de las texturas, el entramado de las fibras, el abecedario en relieve del mundo. Y los colores. Manda la verdad que se diga que el cerebro es mucho menos entendido en colores de lo que cree. Es cierto que consigue ver más o menos claramente lo que los ojos le muestran, pero la mayoría de las veces sufre lo que podríamos designar como problemas de orientación cuando llega la hora de convertir en conocimiento lo que ha visto. Gracias a la inconsciente seguridad con que el transcurso de la vida le ha dotado, pronuncia sin dudar los nombres de los colores a los que llama elementales y complementarios, pero inmediatamente se pierde perplejo, dubitativo, cuando intenta formar palabras que puedan servir de rótulos o dísticos explicativos de algo que toca lo inefable, de algo que roza lo indecible, ese color todavía no nacido del todo que, con el asentimiento, la complicidad, y a veces la sorpresa de los propios ojos, las manos y los dedos van creando y que probablemente nunca llegará a recibir su justo nombre. O tal vez ya lo tenga, pero sólo las manos lo conocen, porque compusieron la tinta como si estuvieran descomponiendo las partes constituyentes de una nota de música, porque se ensuciaron en su color y guardaron la mancha en el interior profundo de la dermis, porque sólo con ese saber invisible de los dedos se podrá alguna vez pintar la infinita tela de los sueños. Fiado en lo que los ojos creen haber visto, el cerebro de la cabeza afirma que, según la luz y las sombras, el viento y la calma, la humedad y la secura, la playa es blanca, o amarilla, o dorada, o gris, o violácea, o cualquier cosa entre esto y aquello, pero después vienen los dedos y, con un movimiento de recogida, como si estuviesen segando la cosecha, levantan del suelo todos los colores que hay en el mundo. Lo que parecía único era plural, lo que es plural lo será aún más. No es menos verdad, con todo, que en la fulguración exaltada de un solo tono, o en u modulación musical, estén presentes y vivos todos los otros, tanto los de los colores que ya tienen nombre, como los que todavía lo esperan, de la misma manera que una extensión de apariencia lisa podrá estar cubriendo, al mismo tiempo que las manifiesta, las huellas de todo lo vivido y acontecido en la historia del mundo. Toda arqueología de materiales es una arqueología humana. Lo que este barro esconde y muestra es el tránsito del ser en el tiempo y su paso por los espacios, las señales de los dedos, los arañazos de las uñas, las cenizas y los tizones de las hogueras apagadas, los huesos propios y ajenos, los caminos que eternamente se bifurcan y se van distanciando y perdiendo unos de los otros. Este grano que aflora a la superficie es una memoria, esta depresión, la marca que quedó de un cuerpo tumbado. El cerebro preguntó y pidió, la mano respondió e hizo."
José Saramago
La caverna
(pp. 105-107, ed. Alfaguara)
n.a.: Nótese lo necesario de la disociación en el lenguaje para poder transmitir una visión metafísica holista.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Caer en las palabras

"Lo que pretendo cuando leo poesía es caer"

Ser poeta es una postura política: escribir poesía es lo más anti económico que existe porque no genera un cambio en la economía monetaria. Siempre hubo intercambio, no obstante hoy ha cambiado hasta tal punto que hemos perdido contacto con el otro. Hoy el intercambio pasa en gran medida por el dinero. Con la poesía pretendo ser parte de quienes fomentan un intercambio a partir de la experiencia. Mi postura es volver a lo sensorial y a lo perceptivo. Mi postura es volver al otro.


Basado en la charla con Marcelo Carnero, Poeta.

martes, 21 de diciembre de 2010

Te conocí bailando en un bar II

Te encontré aquella noche en el bar. No fue casualidad. "Yo salgo hoy -Yo también". Tus amigos, vos a un lado, y yo, en espejo. Fue encontranos y seguir vos y yo, nada más. Desde entonces, ocupaste mi espacio con tus palabras, mi espacio con tu topografía corporal, y yo te dejé. Mi espacio con la textura de tu piel y mi tiempo con tus ideas descabelladas. Mi tiempo, enredado entre la maraña de tus proyectos imposibles y tus fantasías de ensueño. Ocupaste mis risas. Y yo te dejé. Te apropiaste del campo de juego de mis miradas. Fuiste principio y fin de pensamientos insólitos. Y yo te dejé; al principio estuvo bien. Mi tiempo, el nuestro, y mi espacio, ambos dos. Pero sin querer verlo, sabía que arrasabas con las horas y los lugares, capitalizándolo todo, volviéndolo tuyo. De tanto no querer ver por sólo mirarte, me ahogué en tu presencia y permanecí junto a vos así, muerta. Muerta por mucho tiempo. Yo en cuerpo, tu cuerpo, aislante del mundo, impermeable a la mutabilidad del vivir.
Continuará...

domingo, 5 de diciembre de 2010

Recuérdale mirarte

Lejos
muy lejos de este cuerpo
este hombre
¿dónde?
peleando batallas de lenguaje
clavando dagas y puñales
acallando sus propias verdades
¿dónde?
en el grito que se alza
de quien ya ni sabe por qué pelea
agotado de arremeter contra el viento
los hombros ardientes bajo el sol
las mejillas y la nariz heladas.
Recuérdale mirarte
que su tiempo no es el nuestro
Cuando sus ojos escapen a los tuyos
entiende que ya no está
aunque puedas aun tocarlo.
Recuérdale mirarte
que la presencia de su mirada
es garante de que sigue allí contigo
que cuando tiene los ojos perdidos
lejos
muy lejos de este cuerpo
este hombre.